SIERVA DE DIOS

JOSEFA FERNÁNDEZ DE SANTIAGO CONCHA. 1835-1928

20-10-1953   Se inicia el Proceso Ordinario sobre la Heroicidad De las Virtudes.

07-12-1974   Introducción de la Causa de Canonización

DE UNA PEPITA ECHADA EN TIERRA BROTÓ ÁRBOL FRONDOSSO DE RICOS  FRUTOS

JOSEFA nació en Santiago de Chile en 1835, en la casa solariega de sus Padres, hoy día sede provincial del Buen Pastor Bolivia-Chile, ubicada en Mac Iver 702. Tuvo once hermanos de los cuales cinco fallecieron siendo infantes.

Josefa, a quien llamaban Pepita, recibió una educación esmerada  en su casa, como era costumbre en esos años para las mujeres de las sociedad. Estudió inglés y francés  el cual hablaba y escribía a la perfección. Le atraían las asignaturas humanistas como historia y literatura y en cuanto a números era experta en contabilidad. Aprendió a cantar, tocar piano y a cabalgar en los campos de familiares y amigos. También confeccionaba vestidos: los  hacía para ella  y sus sobrinos, y para los pobres de la Chimba que visitaba con su madre y hermanos mayores.

Fue secretaria de su Padre Pedro Fernández Recio, en su oficina de abogado: allí se especializó en la teneduría de libros; en la búsqueda de Escrituras, redacción de solicitudes e informes…

Cuando su tía Carmen, hermana de su madre Rosa de Santiago Concha, falleció, se hizo cargo de los cinco niños que dejó huérfanos, entre ellos uno recién nacido.

La familia de Pepita era católica de fe profunda y de acciones solidarias. Todas las tardes en familia se leía algún pasaje del Nuevo Testamento y se rezaba el rosario; nadie faltaba. Rafael fue sacerdote y su padre al año de haber enviudado fue ordenado sacerdote. Josefa y Rosa Fueron religiosas del Buen Pastor y Rosario también “in articulis mortis”.

En la biblioteca de la familia había buenos libros de literatura y de religión. Josefa era amante de la lectura, y las conversaciones e intercambios en familia y con sus estudiosos hermanos Domingo, Rafael y Pedro le abrieron nuevos horizontes. Las tertulias en los salones de la época además de amenas eran interesantes, se recitaba poemas, se tocaban instrumentos musicales, se conversaba de ópera, teatro, literatura, política y filosofía, y por supuesto de las nuevas ideas libertarias venidas de Europa y EE.UU.

A los 27 años Josefa optó por la vida religiosa en la Congregación del Buen Pastor. Su lucha entre matrimonio o  vida consagrada, entre su pretendiente o el Buen Pastor, fue ardua. Pero Dios la llamaba fuerte y en un Retiro decidió definitivamente entregarse al Señor. Esta respuesta a su vocación apostólica, la selló con la marca de las seguidoras de Cristo.

Josefa fue una  mujer apostólica, que irradió vida, dinamismo, alegría en el amor a Dios. Toda empresa era poca para el fin de sanar a mujeres, jóvenes y niñas víctimas de abuso de toda índole. El amor de Dios la consumía de tal manera, que contagiaba a su familia, amistades, autoridades civiles y eclesiásticas, obreros, jóvenes… de modo que el carisma evangélico del Buen Pastor se expandía como aceite, impregnando los ambientes que ella tocaba.

Fundó 35 comunidades religiosas, Hogares para jóvenes, adultas y mujeres detenidas, en Chile, Uruguay, Argentina, Brasil y Paraguay. En Chile inició la obra para capacitar a niñas, jóvenes y mujeres sordo-mudas. Compartió personalmente, las carencias y múltiples dificultades de los inicios de las Obras, dejando la impronta de su iniciativa, de su seguimiento de Jesús Buen Pastor y de su infatigable búsqueda de recursos y capacidad de entrega.

¿Sacrificios, penalidades, incomprensiones? Los tuvo y múltiples, y los vivió como escuela de aprendizaje en el seguimiento de Cristo crucificado y resucitado.
Lúcida hasta el fin de sus días, murió el 13 de Enero de 1928, a los 93 años.

Se despidió con esta frase: “perdón”, incoando su vida nueva con un acto de trascendente reconciliación.